Regresaba de mi jornada laboral en un taxi. Me bajo en la acera de al frente de lo que corresponde a mi morada limeña; dicha acera constituye el perímetro del campo de marte, tan adornado con cesped verde, arboles coposos, loros y palomas. Desciendo del taxi, y derrepente, siento cómo se estrellan contra mi espalda y mi cabeza cinco proyectiles de diverso calibre pero muy similares velocidades y contexturas…
¡Sí!, estaba bajo ataque, y las agresoras: cinco palomas con suficiente desecho digestivo como para una guerra de cien días…
¡Cagado!
Nada más me quedo que entrar en casa, cambiarme de camisa, lavarme la cabeza (me dio flojera ducharme
) y recordar con gracia este incidente.